lunes, 26 de diciembre de 2011

Mephisto y el arte de aceptación

La aceptación en muchas oportunidades ha llegado a ser un arte. Quizás no se trate del mejor o el más impoluto pero puede pasar como tal; puede ser engañoso, por su proveniencia siniestra, y hasta sumiso y cobarde cuando los intereses dogmáticos lo doblegan hasta hacerlo servil. En 1981 una película llegó a la gran pantalla con la intención de ser, posteriormente, un recuerdo importante del cine mundial: Mephisto.

La aceptación es el espejismo del triunfo, de la ovación que acompaña a Hendrik Höfgen, un actor provinciano lleno de esperanzas por triunfar en las tablas del Berliner Opernhaus, y que por voluntad propia se convierte en uno de los tantos elementos propagandísticos del gobierno nazi en la década de los treinta. En 114 minutos ocurre el proceso de transformación de Höfgen al igual que el de quienes se identifican con el Tercer Reich, especialmente, el pueblo alemán. Los nazis, educadamente, le niegan el derecho de seguir usando el teatro traído de Rusia por la necesidad de expresar las costumbres alemanas para difundir las raíces nacionales como parte de un nuevo paradigma y una nueva sociedad (incluyendo al hombre y a la mujer alemanes). Seguido de sostener y defender esta postura ante y para el pueblo obrero, poseedor de los engranajes primordiales del nacionalsocialismo que tanto necesitan y aclaman mutuamente las nuevas generaciones y la administración hitleriana. Con el común articulado de que el artista no es un sujeto político, Höfgen termina entregando su libertad a cambio de poder estrenar caprichosamente a Hamlet. Listas negras, asesinatos a mansalva, exilios voluntarios y la política de la raza pura rondan este capricho y se convierten en el trasfondo del filme.

El Mephisto de István Szabó, visto treinta años más tarde, no sólo se trata de cómo un actor entrega su dignidad al partido nazi mientras éste hace lo que le viene en gana con Alemania, sus seguidores y sus disidentes. En el siglo XX se repite más de una vez el mismo episodio: la imposición de una nueva cultura por parte del partido que toma el poder. Por ejemplo: durante el leninismo en la vieja URSS surge la estética soviética, proletaria, socialista, revolucionaria e industrial que se mantuvo hasta la caída del muro de Berlín. El caso de la opera europea y sus tantas clausuras en China después de la revolución maoísta. El extinto cine dogmático y dolo de Corea del Norte, del que no se sabe nada porque nada puede decir. El conservadurismo católico que vivió la España franquista. También, y por qué no decirlo, todo el control informativo por las grandes cadenas de televisión que en muchas oportunidades viven los norteamericanos tras de los sucesos de Irak. O el caso más triste y cercano: Cuba, donde la nueva política cultural de la revolución terminó impregnando todo, desde la música hasta los textos académicos, de un betún cesarista sobre los líderes de la revolución y las proezas de índole revolucionario desplegadas en el mundo entero; mientras que, la mayoría de los poetas y escritores del neobarroco terminaron siendo enemigos del sistema por tener, cinco o diez años más tarde, contradicciones severas con la política del Estado; unos salieron y vivieron en el exilio y otros, por mala fortuna, terminaron entregados al inxilio, tal es el caso de la invisibilización de José Lezama Lima y su obra -por no hablar de Reinaldo Arenas-.

En nuestro tiempo han surgido los intentos por consolidar una nueva cultura, con nuevos actores resignados a pagar el sacrificio y con nuevas palabras que hasta llegan a tomar características de la “neolengua”, al mero estilo de George Orwell en 1984. Todo se permite voluntaria o resignadamente por la ideología del partido y de los motivos que tiene siempre su líder. Tanto el neoliberalismo como el socialismo del siglo XXI tienen sus mephistos o Höfgens. En Venezuela, en medio de una “revolución” que debería de propiciar principalmente la crítica como ejercicio moral, los mephistos han llegado al punto de aceptar sumisamente las decisiones que pasan por el partido y que terminan siendo institucionalidad del Estado. Ellos son especialmente jóvenes. Bien sea mediante la adulación o la falta de sensatez estos sujetos permanecen en los ministerios, hundidos en “el interior de la ballena”, como diría Orwell. Ya los grados académicos e intelectuales han dejado de importar cuando habla el jefe porque es mejor callar y hacer el felón gesto de la aceptación para quedar bien con aquél y mantenerse en su cargo burocrático.

Una interesante escena de Mephisto aclara mucho el final de los tantos que hoy pueden estar en la cima de su carrera artística, intelectual o, simplemente, burocrática -aunque asuman que su trabajo es todo lo contrario- y, se trata del final de Höfgen, quien atrapado en una luz que puede indicarle el camino, contrariamente lo encandila hasta dejarlo ciego.



http://www.codigovenezuela.com/2011/08/opinion/miguel-felipe-dorta/mephisto-y-el-arte-de-aceptacion

Publicado: 7:00 AM, 30 de Agosto 2011

miércoles, 16 de noviembre de 2011

Cuando las bombas exploten en lados equivocados


En 1995, cuando el derechista francés Jacques Chirac, en su ejercicio de presidente de Francia decidió continuar las pruebas nucleares en el Océano Pacífico, el mundo entero se volcó contra él y su absurda decisión. Como manifiesto de ello en Venezuela, en una calle del Este de Caracas, observaba desde la ventana del carro un graffiti que decía de manera jocosa y denunciante: "Chirac explótate el culo".

Hoy explotan un carro en la UCV. Una muy tonta profesora universitaria, que solamente defiende su hueso en una institución del gobierno, dice que la rectora de la UCV no tiene que ponerse así porque ese no es su carro; lo que no saben esos humildes labios que pronuncian esa podredumbre intelectual es que el carro no es de García Arocha es del Estado venezolano y de una Universidad que es patrimonio mundial de la Humanidad. Pero retomando la anécdota de Chirac: podríamos decirle a los facinerosos de la UCV, los que actúan desde el anonimato de color rojo, los que no permiten la diversidad política porque lo quieren todo para el Gran Hermano, los que luego de sus acciones terroristas acuden a cobrar la paga, los que no son revolucionarios sino una parranda de mafiosos armados, que se exploten el culo. Yo lo digo: "¡¡Niños-pone-bombas explótense el culo!!"

domingo, 22 de mayo de 2011

Ayer domingo, entre el 2.0 y el cuerpo policíaco

Sergio Monsalve, escritor encargado de arruinar la imagen del cine venezolano y acumulador de fans en su portal Panfleto Negro, escribió una crónica “ayer domingo” -o pueden leerlo corrido- de padre y señor nuestro. La historia se centra en el robo a mano armada de la pobre cámara RED-One. No se puede negar que es una lástima que se trata de una cámara que el cine nacional necesite. Sin embargo, lo más triste de nuestro amigo Sergio Monsalve es que seguramente no enciende su computador para hacer uso de su lenguaje y narrar la muerte del estudiante de Administración en la UCV, hace dos semanas, quien fue despojado de su moto, sin tantas metrallas ni capuchas, seguramente. Seguro que se trate del libre albedrío del ejercicio. Pero, quizás, su muerte no significaba ningún arresto tan impactante que pudiera llevarse a la pantalla de una de las tantas basuras que genera Hollywood, entre sociedad civil -que Monsalve prefiere llamar “generación 2.0” que se trata de la gente que usa la información digital- y la policía. Seguramente, Monsalve hace menos de un mes había visto la película Police Academy 4: Citizens on Patrol (Loca academia de policía 4: Los ciudadanos se defienden), en la que se ejecuta un torpe proyecto policíaco en compañía de la sociedad civil, para controlar a la delincuencia y hacer una sociedad que ha alcanzado la felicidad posible. Es interesante la manera tan emotiva con que está escrita la crónica. Del tiro puedo enviarla a cualquier canal de televisión y hacer un reportaje de ella o, quizás, un documental que se llame "En busca de RED-One" o “Robaron, corrieron y los pescaron o sobre cómo cayeron los pillos de RED-One”, lo que no deja de tener las mismas intenciones de la película antes mencionada.

Continúo leyendo y no dejo de pensar cómo en el siglo XX, ese siglo tan ridículo y criminal, la noticia, el evento, el boom informativo siguen siendo una manida estupidez sobre el amor a las cosas, sacando de cuajo a la gente. Seguro que se trata de un fetiche. Como coleccionar revistas pornos, animales de porcelana o, simplemente, basura. Sin embargo, la necesidad de darle un reconocimiento al medio de los directores y artistas nos lleva a conmovernos sobre los datos que el Sir Sergio Holmes hace de los pobres trabajadores de la industria del cine. El emprendimiento de los del cine, mientras los sinvergüenzas caraqueños duermen y pasan la borrachera, aquella gente trabaja, trabaja, trabaja!!! En medio de esto, irrumpen y sorprenden, cual si fuese un alud de tierra sobre los tantos barrios caraqueños, cuatro hombres despiadados y sin reconocimiento de sus madres naturales, amedrentando a un grupo de trabajadores con metralletas del Oeste -seguramente Sir Sergio Holmes pensaba en la Ametralladora Maxim que usaron en las tantas guerras para conquistar el continente africano a finales del siglo XIX- y, de un plomazo, cual si fueran Condoritos en series, dejaron boquiabiertos a los trabajadores de tan respetada industria; huelga decir, que tanto despotrica nuestro amigo Monsalve.

Yo no quiero partir de que Monsalve deba hacer las tontas y románticas crónicas que escribe un Eloy Yagüe o nuestro casi cincuentón burócrata e incomprendido -y ahora anarco-punketo- de José Roberto Duque; en que ambos contemplan el sueño eterno de igualdad que tiene solamente vigencia en las gentes de los barrios y en estas personas se consigue la bondad máxima de la estética de nuestro pequeño conuco de país. Pero en la cabeza de Sir Sergio, parece que viviera en una dimensión desconocida, parece pensar que las ametralladoras que llevaron los malandros son sacadas de la película Jumanji o de Luck, shot and two smoquing balls. No señor Sir, los malandros no cargaban metralletas de finales del siglo pasado, seguramente eran un M-16 y dos 38 rallados para borrarle los seriales de la policía. Pero no, Monsalve necesita darle el dramatismo que se necesita para generar la noticia. Y para condecorarlo como el nuevo guionista de la película del creador del Twitter, nos dice cómo la gente de cine hizo que llegara a los corazones de los recién desayunados caraqueños la noticia de la pobrecita RED-One. Lo interesante, también, es el elemento de sentimentalismo barato de toda una pila de pendejos que, a mis ojos, están bajo sospecha tras la perdida del himen de las cámaras de los hermanos Lumiere. Cada uno de ellos generan una sensación de desespero, ira y llanto, ante la impunidad de los malandros en Caracas. Claro, que no voy a negar que esto sea cierto, ni tampoco voy a hacer como Gabriela Ramírez que asegura que la delincuencia es un problema de la percepción de una clase, como siempre; ni tampoco la semejante tontería de pensar que los malandros son “de pinga” y que “la vaina en el barrio es fina, pero no vivo en un barrio ni por el carajo”, como lo hace el lato de Duque. Pero, coño, Monsalve se pasó. Tuve la sensación en un momento que era la primera vez que la gente del cine se sentía viviendo en Caracas -o Venezuela para integrar el caso. Parecía que estas personas nunca han abierto la última página de un periódico nacional para darse cuenta del país en que estamos -o seguro que sólo leen Vea-; parecía que detrás de todo lo que escribían se dejaba colar la hipocresía tras la desesperación, moqueras, lloriqueos, impotencia y plegarías a Diosito para que regrese sana y salva de tan vil secuestro nuestra muy amigable camarita RED-One; pero, sospechosamente nadie habla de si los equipos robados estaban asegurados. Lo que no deja de ser admirable del elenco de “Ayer domingo”, es la organización a través del facebookeo y el tuiteo, que más que pensarse que se trataba de la urgencia para que regresara la RED-One sana y salva detrás de la pantalla de sus Backberrys esperaban ser los nuevos adalides de la justicia de la era digital: Súper 2.0´s, ¡Defensores de la justicia! Señores, ustedes, por más lágrimas, maldiciones y arrebatos, de seguro serán víctimas de Monsalve. Todos. Me pregunto insistentemente: ¿si Sergio Monsalve despotrica sin criterio ni sentido a todo el cine venezolano, qué tanto le importa la cámara? Seguramente será quien encabece la lista de los más temidos criminales por el delito recurrente de usar la palabra para destruir y despotricar de lo que hacen los demás cuando él no hace nada. No es descabellado pensar que el secuestro de la cámara responda a las desdichadas intenciones de gente cómo él que necesita fabricar reportajillos de prensa impunemente promocionados como lúcidos documentales. Cuando hagas una película de verdad podrás entender qué es ser gente de cine y no un frustrado crítico desconocedor del fenómeno de la creación.

viernes, 11 de febrero de 2011

Entrevista al historiador Robert Darnton | Boris Muñoz (El Malpensante)

Hace pocos días usted confesó que ya no lee tantos libros como antes porque debe responder toneladas de correo electrónico. En una cultura cada vez más inclinada a lo digital eso no es extraño. Sin embargo, también dijo que para una lectura de placer prefiere la página impresa. ¿Podría profundizar en esa idea? Quiero decir, la lectura como placer y los libros como objetos de placer.

Mi respuesta me expone al peligro de sonar muy anticuado. Y quiero evitar ese riesgo asegurando que como director de la Harvard University Library estoy comprometido con todas las iniciativas digitales de las formas más variadas. De hecho, acabo de crear el Laboratorio de la Biblioteca para ponernos a la cabeza de las diversas técnicas y sacar el mejor provecho de las tecnologías modernas. De modo que soy un entusiasta de los medios electrónicos de información. Dicho esto, debo confesar que también soy un amante de los libros antiguos. Mira a tu alrededor... Tengo mi propia colección de libros franceses del siglo XVIII. Me encanta el papel viejo... tócalo. Puedes sentirlo. Se siente diferente. Huele diferente. Cuando lees un libro del siglo XVIII tienes una maravillosa sensación de contacto con el pasado. Así que también padezco de algo que los franceses llaman passeism, una fascinación por el pasado que me vuelve un passéist, alguien fijado en el pasado. Al mismo tiempo trato de ser un futurista, lo que puede sonar como una contradicción extrema, pero es divertido e interesante.

Gran parte de mis investigaciones tiene que ver con el rol del libro como fuerza de cambio en los inicios de la Europa moderna. Para entenderlo hay que estudiar el libro como un objeto físico: en panfletos, en octavillas, en volúmenes. Cada una de estas formas comunica un significado a través del papel, la tipografía, el diseño de la página y también por medio del frontispicio, las notas al pie, los apéndices. Todas esas técnicas que son conocidas como los paratextos. En mi último libro The Devil in the Holy Water or the Art of Slander [El demonio en el agua bendita o el arte de la difamación], un tratado de 700 páginas sobre los libros que atacaban figuras públicas como ministros, funcionarios y sus amantes en la Francia que va de Luis XIV hasta Napoleón, creo demostrar que esos libros eran bestsellers aunque estuviesen prohibidos. Lo que hago es ir a los archivos y leer tanto los libros prohibidos como los expedientes policiales sobre esos libros. No son libros caros; como nunca se consideraron alta literatura, se pueden encontrar en las librerías de viejo a precios módicos. Todo este rodeo es para responder a tu pregunta: encuentro que el contacto físico con libros de un pasado remoto es una verdadera inspiración. Trato de meterme en la mentalidad de las personas que leían esos libros hace trescientos años. No hay una máquina del tiempo que lo permita, pero si pescas las pistas en los mismos libros puedes comenzar a captar la actitud de los lectores. Luego buscas otras fuentes de información en diarios y documentos marginales, para confirmar las hipótesis que puedas tener. De modo que sí, amo los libros como objetos físicos.

No es un cliché comparar esta clase de pasión con el fetichismo.

No sé si sabes que hay un fabricante francés de libros electrónicos que hizo una investigación entre los lectores jóvenes de Francia, y lo primero que encontró es que a la gente le encanta el olor de los libros. Así que inventaron una suerte de banda que le pegas al aparato y desprende un olor a papel viejo mientras lees en la pantalla. Puede sonar ridículo pero es un ejemplo del apego que la gente tiene al códice, una invención contemporánea al nacimiento de Cristo. En lo personal, soy de los que creen que el códice como forma, es decir, como objeto que puedes hojear –pues está hecho de páginas, a diferencia del pergamino que es un libro que desenrollas–, es tan estupenda que ha sobrevivido más de dos mil años sin mayores cambios estructurales. De ahí el placer de leer libros: el sentido de contacto con el pasado y también la conveniencia de las cualidades físicas del códice.

Hay un placer añadido en coleccionar libros. Eso es algo que aún no resuelve el formato electrónico.

Los coleccionistas de libros son una especie muy particular. Aunque puede que en un futuro la gente coleccione mensajes electrónicos y e-books, algo que dudo, creo que esa consideración no constituye un argumento contra los libros, las publicaciones académicas y otras fuentes de información electrónicas. Insisto en la compatibilidad del libro impreso y el libro electrónico. Hay quienes argumentan que estamos en la era de la información y que todo debe ser digital. Eso es falso; no todo es digital ni debe serlo. No toda la información está disponible en línea y, paradójicamente, cada año se publican más libros en papel que el año anterior. Si bien creo que estamos en un período de transición hacia un futuro que será marcadamente digital, en nuestro presente la comunicación sigue definida, en buena medida, por lo impreso. Y pienso que eso es muy bueno, porque cada forma tiene ventajas específicas.

Me gusta mucho una idea que leí en uno de sus libros: las bibliotecas de investigación, es decir, las bibliotecas universitarias, son lugares para preservar el pasado y acumular las energías del futuro. Sin embargo, vivimos en un mundo en que el conocimiento llega cada vez más por vía electrónica mientras se aleja de esos santuarios. ¿Cómo entender el papel de las bibliotecas en el mundo actual?

Me temo que no estoy de acuerdo con que el conocimiento nos llega solo en línea. Quizás no dijiste “solo”, pero ése es mi punto. Vivimos en una era de medios mezclados, no solo la mezcla de lo electrónico y lo impreso, sino muchas otras mezclas como la del sonido y la imagen. Por ejemplo, una biblioteca de investigación como la de Harvard gasta millones de dólares en películas, grabaciones y recursos electrónicos. Vivimos en un mundo en el cual la información adopta distintas formas y las bibliotecas deben almacenar esa diversidad de soportes para ofrecer el servicio que tienen pautado. Eso no significa que las librerías vayan a dejar de comprar libros. Más allá de este tema, los formatos de información digital plantean serios problemas de preservación: los textos electrónicos son muy frágiles y su conservación es muy ardua. Un libro es una grandiosa máquina de conservación. Hasta que no resolvamos el problema de la conservación de los textos electrónicos, vamos a tener que imprimir los textos electrónicos importantes para estar seguros de que sobrevivirán. El mundo impreso y el mundo electrónico conviven en el mismo medio ambiente de información y debemos operar en el frente analógico y en el frente digital al mismo tiempo.

Qué piensa usted del contraste que hay entre las bibliotecas como lugares de la memoria y una sociedad marcada por la velocidad y la obsolescencia.

Una de las debilidades de la sociedad norteamericana es su escasa profundidad del conocimiento del pasado. Los norteamericanos tienden a vivir en el futuro. En el contexto actual de la velocidad de las cosas, se puede decir que esa tendencia trae ventajas y desventajas. Muchos estadounidenses carecen de una educación adecuada en historia, por lo cual, al analizar los asuntos del presente, les falta la profundidad que generalmente ofrece el conocimiento histórico. No soy la clase de historiador que piensa que se pueden aprender lecciones del pasado, al menos lecciones que se puedan aplicar. Pero sí creo que el conocimiento da perspectiva. Y ése es el papel crucial de las bibliotecas. Ahora, ese papel lo desempeñan y desempeñarán no solo apilando libros, sino también ofreciendo recursos electrónicos de investigación. Frecuentemente la gente no comprende que las bibliotecas son los canales por donde llega toda clase de servicios y recursos electrónicos. Cuando una persona recibe un mensaje electrónico da por descontado el resto del proceso sin preguntarse cómo sucede. Esto pasa gracias a las bibliotecas. No solo porque proveemos los servicios electrónicos, sino también porque ayudamos a la gente a orientarse en este confuso mundo. La sensación de confusión crece todo el tiempo y necesitamos tener guías que nos ayuden a encontrar la información relevante para llegar a donde queremos. Eso les da tanta o más relevancia de la que tuvieron en el pasado.

Leer es un acto muy distinto para las generaciones pasadas que para quienes nacieron en la era digital.

No tengo mucho talento para predecir el pasado. Tampoco intención alguna de ser un profeta del futuro. El pasado nos ha enseñado, sin embargo, algunas cosas sobre la naturaleza de la lectura. Solemos dar por hecho el acto de la lectura y asumimos que siempre ha sido lo que nosotros hacemos al pasar la vista sobre un texto. Pero, en realidad, la lectura es un fenómeno largo y complejo. Siempre está en movimiento. Por eso, en cierta medida, los chicos que están acostumbrados a la pantalla desde que nacieron desarrollarán diferentes hábitos de lectura. Aunque no sé cuáles son esos hábitos, sé de estudios que sugieren que los jóvenes están perdiendo la familiaridad con la lectura de “tapa a tapa”, es decir, la lectura de un libro de principio a fin. Su umbral de atención suele ser más corto y tiendo a pensar que la información que consumen les llega en nuggets, no mediante formas más extensas de información, y también por otras vías diferentes del libro. De modo que si la lectura se convierte en una forma más entre una extensa gama de la información, esos jóvenes están en peligro de perder una habilidad importante. Es un problema. No estoy seguro de cómo lo resolveremos, pero creo que hay esperanza. No trato de sonar como un Jeremías porque creo que parte de la solución viene del avance tecnológico. Por ejemplo, la máquina que hace libros por demanda, una máquina que permite bajar un libro de internet e imprimirlo en cuatro minutos. Es un libro de tapas blandas con un precio bastante accesible, que suele ser menor a diez dólares. Así que puedes imprimir cualquier libro disponible en una base de datos que tiene millones de títulos. Esto implica el uso de tecnología para ampliar las posibilidades de lectura del libro en una de sus formas más tradicionales, tanto en las bibliotecas como en las librerías.

Usted es un promotor apasionado de la Ilustración. ¿Por qué, a su juicio, la Ilustración es un concepto importante para el futuro?

La palabra “Ilustración” tiene dos acepciones distintas. La primera describe un período concreto de la historia (en esencia, la época de los enciclopedistas en Europa) y, por supuesto, no podemos analizarla de manera simplista. La segunda acepción entiende que se trata de un conjunto de ideales que, de una forma u otra, permanencen vigentes. Entre otros, la idea de una comunicación abierta y libre. Los líderes de la Ilustración creían en la palabra impresa como una fuerza liberadora. Pensaban que si uno podía expresar argumentos racionales, los imprimía, los hacía circular y promovía su lectura, se estaba promoviendo la libertad de la gente a la vez que se atacaban los prejuicios asociados con frecuencia a la creencia irreflexiva en sistemas ortodoxos como el catolicismo. Pero su afán de libertad iba mucho más allá del catolicismo. También creían necesaria la liberación de las desigualdades del ser humano: del hombre sobre la mujer, de los nobles sobre los burgueses, de los terratenientes sobre los campesinos. El mundo de la modernidad temprana estaba asediado por las desigualdades. La Ilustración fue un desafío contra el sistema de privilegios en el acceso al conocimiento y la cultura. Con frecuencia, los pensadores de la Ilustración estaban en desacuerdo entre ellos; sin embargo, creían en el efecto liberador de la cultura impresa. Yo creo que es posible adaptar esa idea al mundo electrónico. Lo verdaderamente importante de la cultura electrónica es que permite el acceso masivo a todo tipo de conocimiento. Con esto no quiero negar la existencia del llamado digital divide. Mucha gente en los países en desarrollo y en Estados Unidos no tiene acceso a Internet. Pero el potencial para poner a todo el mundo en contacto con el conocimiento está ahí. Y creo que en los próximos diez años veremos una expansión del acceso a lugares donde hasta ahora la tecnología no ha llegado, mediante centros de acceso que permitirán alcanzar toda la literatura mundial. Éste es un ejemplo de cómo, en un mundo en el cual sigue existiendo la desigualdad, el tránsito a la cultura puede ser democratizado. Tengo gran esperanza en la función democratizadora de la tecnología y ése es, a mi juicio, uno de los ideales de la Ilustración.

En un ensayo, “E-Books and Old Books” (“Libros electrónicos y libros viejos”), usted dice que la profecía de McLuhan sobre la muerte del libro no se hizo realidad sino al contrario: cada vez se imprimen más libros. Sin embargo, aparatos como el Kindle o el iPad introducen un cambio sustancial y masivo en la lectura y en la idea de libro como objeto material. ¿No se nos acerca el futuro de McLuhan, aun cuando cada año se impriman más títulos? ¿Puede el libro como objeto prevalecer en esta nueva-nueva era de la información?

Ciertamente, el libro puede prevalecer. Será parte de un amplio rango de medios, pero siempre ha sido así. En mis investigaciones sobre el siglo xviii en Europa, he encontrado que los libros eran importantes vehículos de la Ilustración, pero las canciones eran igualmente importantes, por no mencionar el chisme y otras formas del intercambio oral. Hoy tenemos comunicación por Twitter, blogs y todo tipo de medios diferentes del libro tradicional. Eso no tiene sentido discutirlo. ¿Pero es ése el futuro de McLuhan? No lo creo. McLuhan se concentraba en la televisión y en la noción de “medios calientes” versus “medios fríos”. El mundo digital, que no existía cuando McLuhan escribió La galaxia Gutenberg, puede ser considerado un mundo de medios fríos en vez de un mundo de medios calientes, si uno quiere usar sus categorías. Con esto quiero decir que es un mundo que involucra a un lector que lee un texto, no importa si ese texto es un twitt o no. Eso es muy distinto al tipo de contenido que McLuhan pensó que resultaría de la relación entre la pantalla televisiva y el espectador. De hecho, muchas formas de la comunicación actual son interactivas. Por ejemplo, la Web 2.0, que es la comunicación mutua a través de internet, es muy diferente de lo que él tenía en mente. McLuhan es, sin duda, muy entretenido de leer, aunque muchos de mis estudiantes no tienen idea de quién fue. Sus libros siguen siendo muy interesantes, pero el avance tecnológico lo ha dejado simplemente fuera de onda.

Como director de una de las bibliotecas más importantes en el mundo, usted estuvo cerca del Google Book Search, el proyecto para crear la más grande biblioteca digital en el mundo. Pese al entusiasmo general alrededor de esa iniciativa, usted alertó acerca de distintos aspectos que harían peligrar el libre acceso al conocimiento y la información. ¿Podría explicar brevemente cuáles son los problemas con ese proyecto?

Veníamos hablando del potencial democratizador de la tecnología. En ese sentido, una de las cosas que más admiro de Google es exactamente ésa. Su ambición es digitalizar, de acuerdo con lo que ellos mismos dicen, todos los libros del mundo. Obviamente, es imposible hacerlo, pero sí pueden digitalizar millones de libros. En este momento, tienen 12 millones de libros en su base de datos y todos los días siguen escaneando libros. Dentro de un año podrían alcanzar los veinte millones. Eso significa que aunque no puedan poner a disposición todos los libros del mundo, pueden ofrecer toda la literatura en inglés disponible en Estados Unidos. Las literaturas en otros idiomas podrían seguir esta tendencia. Es una idea noble, sin duda. Lo que me preocupa es que Google es una compañía comercial cuya primera misión es hacer dinero y responder a sus socios. No hay nada malo al respecto. Pero el objetivo de las bibliotecas es muy diferente. Eso lleva a una contradicción entre lo que se supone que hace una biblioteca y el propósito esencial de una compañía como Google. El asunto es si podemos resolver esta contradicción a través de algún tipo de compromiso.

¿Cuál sería la manera de resolver esa contradicción?

Espero persuadir a Google de tomar su base de datos digital, compuesta por millones de libros, y transformarla en la National Digital Library. Por supuesto, debido a los derechos de autor, no podríamos hacerlo con libros que están actualmente en circulación, pero esta iniciativa incluiría todos los libros que son de dominio público y quizá muchos libros que están protegidos por derecho de autor pero se hallan fuera de circulación. Incluso, creo que se podría poner publicidad en estos libros digitales, pues de eso es de lo que realmente viven compañías como Google. Esto podría hacerlo sin lastimar a nadie, y ganándose el respeto y la admiración del público por su contribución al bien común. Sin embargo, Google no está lista para dar este paso y, de hecho, el acuerdo al que llegaron con los autores y los editores es apenas una forma de dividir la torta: 35% para Google y el restante 65% para los editores y autores. ¿Pero qué hay de los lectores y las bibliotecas? Hasta ahora no forman parte del acuerdo. De modo que si el acuerdo, como está, es aceptado por la corte donde ahora se discute –y pienso que no lo será–, Google Book Search puede determinar el futuro de los libros digitales. Como ves, es una apuesta muy fuerte. Por eso necesitamos garantías para evitar que se imponga un precio excesivo al acceso a las bases de datos digitales, pero también para protegernos de violaciones contra nuestra privacidad. Ya Google ha acumulado una inmensa cantidad de información sobre nosotros como individuos, que puede explotar. Imagínate cuando también sepa exactamente qué leemos. Ese elemento es muy poderoso cuando se lleva a la escala de una población entera. Y es solo uno de los muchos aspectos lamentables del acuerdo. No hablo por Harvard University, sino por mí. El acuerdo tiene el potencial real de democratizar el conocimiento, pero también podría crear una posición monopolística en el mundo de la información. Es un asunto demasiado importante, una potencial fuente de conflicto. Por eso siento que necesitamos resolverlo.

¿Es la democratización del conocimiento, en su opinión, un objetivo alcanzable en un mundo controlado en buena medida por las corporaciones privadas?

Pienso que sí, aunque puedo ser ingenuo: soy historiador y no un hombre de negocios. Cuando me ha tocado proponerle un proyecto a alguna empresa o institución, siempre me preguntan: “Bueno, dónde está su plan de negocios”. Yo respondo que soy un académico y no un empresario. Sin embargo, sé que tienen derecho a formular esa pregunta porque muchos de esos proyectos son grandes, complejos y costosos. El presupuesto de la Biblioteca de Harvard –que en realidad es una red con más de 60 bibliotecas– supera los 150 millones de dólares. Es una operación enorme, de modo que hay que llevarla de la manera más efectiva y económica posible. Así que me tomo muy en serio el hecho de que la realidad esté inmersa en el mundo de las corporaciones, pero eso no significa que no haya maneras concretas de hacer avanzar el bien común, pese a todos los intereses comerciales que lo rodean. Mi objetivo es crear en Estados Unidos esa National Digital Library que pueda poner todos los libros a disposición de todos los ciudadanos. Espero que llegue a ser una biblioteca internacional y forme parte de una red que ponga el conocimiento a disposición de todos. Suena utópico, lo sé. Pero creo que podemos crear la National Digital Library si persuadimos a Google, y a algunas fundaciones importantes de este país, de unirse en una coalición para digitalizar las grandes colecciones de libros, como la de Harvard o la Biblioteca Pública de Nueva York o la Librería del Congreso de Estados Unidos; de que financien la digitalización gradual de las colecciones completas pero haciéndolo de manera cuidadosa y apropiada, porque hasta ahora Google lo ha hecho como si fuera un buldózer cometiendo muchos errores. Esto puede llevar diez años, pero será algo para toda la humanidad. Además, estoy seguro de que no será excesivamente costoso. Se puede hacer, lo que falta es voluntad.

En su caso, parece ser cierto que es un entusiasta de la tecnología. Incluso tiene un libro electrónico.

He publicado un libro electrónico, he estado blogueando, he experimentado con artículos electrónicos y en este momento particular estoy escribiendo dos libros electrónicos. Uno de ellos me ha tomado mucho tiempo y tiene que ver con la publicación e intercambio de libros en la Francia del siglo XVIII. El otaro ya está listo y será publicado en otoño por Harvard University Press. Es un libro acerca de canciones y poemas callejeros de París. En el fondo, es un estudio de la comunicación en sociedades orales. En las calles del París del siglo XVIII la gente tomaba las canciones del repertorio conocido y todos los días improvisaba nuevas letras para esas canciones viejas. Todo el mundo llevaba en su mente el mismo repertorio de canciones, de modo que cualquiera podía fácilmente escribir un verso relacionado con los temas de actualidad. Tengo pruebas al respecto porque la gente escribía los nuevos versos de las canciones en papeles y luego los transcribía en unos cuadernos de notas llamados cancioneros. Hay miles de estas canciones improvisadas en cancioneros que están disponibles en las grandes bibliotecas de investigación de París. Muchas de esas canciones, por ejemplo, hablan de crisis políticas, en particular de la crisis de 1749, cuando cayó el gobierno. Una de las cosas más peculiares era el sonido, es decir, el efecto musical de las canciones. Todas estaban escritas de acuerdo con la melodía, pero como esas melodías desaparecieron hace tiempo de la memoria colectiva de los franceses, nadie había escuchado las canciones. Sin embargo, gracias a una biblioteca especializada en música se pudo dar con las anotaciones musicales y reconstruir la melodía. Ahora, en París, una amiga mía, Elaine DuLavaud, que es cantante de cabaret, ha grabado las canciones con la música original. Con esto, el lector del libro podrá ir a su versión en línea y escuchar las canciones mientras lee la letra en francés y mi versión en inglés. Éste es un pequeño ejemplo, bastante sencillo, de cómo los medios impresos se pueden combinar con los medios electrónicos de nuevas maneras. Es como si pudiéramos escuchar el pasado, por así decirlo.

Su idea de un libro electrónico es la de un objeto que tiene muchas capas y que, en ese sentido, puede amplificar la lectura tradicional.

Sí, el otro libro que estoy preparando es mucho más complejo en esa medida, pues invita al lector a navegar a través de las notas y otras capas de significados e información. El lector puede sumergirse en niveles muy distintos de lectura. Por ejemplo, puede leer en un dispositivo como el Kindle o el iPad y acompañar esa lectura con una versión hecha en una máquina de impresión por demanda de un libro que contenga lo que le interesó a él, no a mí. La tecnología electrónica puede darle al lector un poder que lo vuelve mucho más activo a la hora de construir un argumento histórico.

En ese sentido, usted parece un seguidor de Jorge Luis Borges y su biblioteca de Babel.

Borges pensó en estas cosas hace mucho tiempo y se adelantó varias décadas a un fenómeno que nosotros apenas comenzamos a comprender.

¿Qué hace a los libros un artefacto de cultura tan duradero?

Parte de su indiscutible permanencia viene del hecho de que el libro es una máquina. Viene de la tecnología del códice. Es decir, es una máquina que comunica palabras de una manera muy efectiva, tanto antes como después de la invención de la imprenta. Los materiales con que ha sido hecho le dan una tremenda resistencia al tiempo. Este libro que tengo en mis manos tiene trescientos años y está en estupendo estado. Aunque el empastado pueda deteriorase más rápidamente, sus páginas aguantarán trescientos o cuatrocientos años más, lo que indica que los libros son el producto del desarrollo de una tecnología muy eficiente. La gente no piensa en eso y cree que los libros están ahí y punto. En segundo lugar, los libros pertenecen a nuestra cultura, están metidos en sus entrañas a tal punto que somos su hechura, somos culturas del libro. Hay que recordar que el códice acompañó la expansión del cristianismo, de modo que el libro está con nosotros desde el surgimiento del cristianismo. No estamos conscientes de cuán profundamente arraigados están los libros en nuestras vidas. El auge de la comunicación electrónica pareciera haber eclipsado esa familiaridad, dándonos lo que yo llamo una falsa conciencia sobre la naturaleza de la información y de la denominada sociedad de la información. Yo sostengo que toda sociedad ha sido una sociedad de la información. Solo que la información se transmitía en otras formas.